La comida en el avión no había sido precisamente un gran banquete, ni mucho menos, más bien la definiría como un pequeño tentempié, y ahora este autobús, por estas pistas que parecen cortarse hacia el vacío, no sé, pero creo que me va hacer vomitarlo todo.
¡Uf! Cuando llegaremos a ese dichoso pueblo, que en definitiva ni me acuerdo como se llama, bueno Zermatt, por lo menos eso me escribió Mercedes en la última charla antes de acceder a acompañarla. Creo que soy un poco impulsivo, pero esta chica da buen rollo, no es pedante, ni una carinimetoques, parece todo lo contrario, más bien diría que es una chica muy natural e independiente, seria y risueña, joder que mezcla, pero me cae bien. ¿Cómo será al natural? ¿Será muy cortada, o muy lanzada? Pero que tonterías estoy diciendo, total, hemos quedado para pasar unos días en un pueblo de montaña, además vienen dos más y en realidad vamos a dormir todos en la misma habitación, y seguro que será tipo albergue o refugio de montaña, con tropecientos más durmiendo al lado, escuchando ronquidos, toses, los nknknknknknknknk del que quiere dormir y le molestan los ronquidos y los típicos que no apagan las luces porque les gusta leer...
- ¡Hola! –me gritaron desde la esquina.
- ¡Hola! Me habéis ganado –comenté mirando al grupo, intentando adivinar quien de las dos chicas, con gorro y gafas de sol, era Mercedes.
La primera chica, vino enseguida a saludarme, pero no podía ser, parecía muy joven, eso sí, pelo teñido de color cobrizo, pero a penas se adivinaban arrugas en su frente y comisuras de sus ojos.
- ¿Qué tal el paseíto en bus?¿ Bonito, eh? Jajajajjajaja –sonrió muy desenfadada como si me conociera de toda la vida.
- Tú no eres Mercedes –aseguré apuntándole con el dedo.
- ¡Anda! Entonces quién crees que soy –me dijo sonriendo.
- ¿Su hija? –pregunté extrañado.
- Serás tonto, anda ven dame dos besos –dijo extendiendo su brazos.
Todo parecía un sueño, era preciosa, como sacada de un cuento de hadas, yo que la había imaginado más castigada por el paso del tiempo, las responsabilidades familiares y el trabajo, y sin embargo me había encontrado con una chica estupenda, de sonrisa profidén y labios sensuales, que me había dado la bienvenida...
El día pasó como un suspiro, ella me había cautivado, ya lo había hecho en las charlas por Internet, pero en persona ganaba mucho, tanto que ni me atrevía a tocarla para que no pensara que deseaba insinuármele. La noche llegó casi sin enterarnos, y la habitación cuádruple se había convertido en dos dobles, por avería en la calefacción, Adrián y Gema no querían separarse, y a mi me parecía mal poner cara de felicidad, así que intenté buscar una individual.
- No seas tonto, que nos va a salir un pico, y esta nos la dan al mismo precio –me dijo Mercedes.
- ¿Estás segura de que no te importa? –pregunté nervioso.
- No, porque me iba a importar, tú en tu cama y yo en la mía –dijo resuelta.
- ¡Ah! –me quedé mudo y una pequeña exclamación fue toda mi contestación.
Horror, al abrir la puerta apareció una cama única de doble cuerpo, no me atreví a mirarle a la cara, y me quedé paralizado ante la puerta.
- Entra hombre no te voy a comer cuando duermas, jajjajajaja. ¡Me pido lado de la puerta! –dijo como si no le importara.
Era un manojo de nervios, me gustaba demasiado para fastidiarla y no sabía que hacer, así que decidí hablar sin parar e intentar elevarla a las nueves con mis elogios, pero no habían pasado cinco minutos, y me dijo.
- Calla tonto y bésame ya...
- Monsieur, c’est Zermatt –me dijo mi compañero de asiento en el bus.
Casi me enfadé cuando me despertó por romper el hechizo en mi sueño, pero emocionado miré alrededor en busca de esa ilusión que me había creado, deseando encontrar ese ángel de pelo corto color cobrizo y sonrisa profidén...
miércoles, 18 de marzo de 2009
martes, 17 de marzo de 2009
¿Mal de alturas...?
El vuelo no esperaba a nadie, y con el cielo cubierto no había manera de encontrar un taxi. Media hora larga esperando y tampoco aparecía el bus. Sí, los taxis pasaban, pero iban todos ocupados, estaba empezando a ponerme nerviosa, y no paraba de mirar mi reloj. Comida por los nervios decidí ir en metro al aeropuerto; no estaba acostumbrada a cogerlo en hora punta pero, o cogía el metro o perdía el vuelo a París.El anden estaba abarrotado, era terrible e insoportable el fuerte olor a humanidad que expelían los cuerpos hacinados uno al lado del otro, sin apenas espacio para respirar. Por un instante dude, entre darme la vuelta o tomar el metro, aunque si dejaba pasar el primero, quizás con el segundo me daba tiempo. Pero no, este llegaba en cinco minutos y el siguiente tardaría veinte, así que la decisión no dejaba dudas.Cerré los ojos y me dejé llevar por la multitud, apenas podía dirigir mis piernas, puesto que era literalmente arrastrada hacia la puerta del vagón. El olor a sudor se hacía más patente, y el mes de agosto dejaba su huella en las camisas y blusas de los que íbamos a tomar el metro. Un pitido insistente me advirtió que el tren se ponía en marcha, pero estaba tan estrujada que a penas podía respirar, mi maleta obligaba a la gente a colocarse en torno a ella, y así pude hacerme con un mínimo espacio vital. De pronto el tren se detiene, salen y entran viajeros, pero a penas se notaba la diferencia, sin embargo alguien se había colocado detrás de mí muy pegado; podía sentir en mis nalgas como su carne se unía a la mía, haciendo de nuestros cuerpos un bocadillo. No podía saber si me daba la espalda o me miraba, o si era chico o chica la que estaba pegada a mi, pero mis dudas pronto dejaron de serlo, puesto que sentí como algo iba tomando consistencia tras de mi, algo alargado y duro que por curiosidad de saber hasta donde podía crecer, me resistí dejar de sentir. Con malicia comencé a menearme hacia los lados haciendo más exagerado el traqueteo del vagón, y sin quererlo noté como se me erizaba el vello, se humedecía mi sexo y comenzaba mi boca a salivar. Un pequeño suspiro se me escapó al sentir como ese objeto se apegaba más y más contra mi, el rubor llegó a mis mejillas al darme cuenta de las puntas que se marcaban en mi blusa, pero no tardé mucho en volver a concentrarme en ese maravilloso tacto y seguí con el movimiento, con disimulo puse mi chaqueta delante de mí agarrando el asa de la maleta y con mi otra mano comencé a tocarme, no sé cuanto tiempo estuve pero mis movimientos se hicieron cada vez menos disimulados, hasta que ayyy, me mordí el labio y sonreí. Estaba tan abarrotado el metro que nadie se habría percatado, nadie excepto el poseedor de esa herramienta que me había llevado al clímax, no deseaba mirarle a la cara, estaba bien así, prefería imaginármelo algo, guapo y vigoroso, por eso prefería no volverme y romper el hechizo del momento.- Merche, chica –dijo Janto tocando mi hombro-- ¿Qué pasa? –pregunte algo confusa-- Estamos llegando a París, te has dormido y hacías ruiditos extraños, temí que te pasaba algo –dijo Janto preocupado-- No pasaba nada, uhmmmm, que bien me ha sentado el sueñecito –dije mientras me estiraba, recordando mi alucinante sueño, y notando mi boca llena de saliva y mi sexo todavía húmedo-- Pues yo no encuentro la funda de mis gafas, no sé donde he podido ponerla –dijo Janto mirando hacia todas partes y hacia ninguna en concreto-Algo me hizo abrir los ojos sobre manera, todavía sentía en mi trasero el tacto duro que tanto placer me había provocado, metí la mano y "est voici".- Toma, la funda de tus gafas te las guardé yo –dije con una sonrisa picara, casi resistiéndome a entregárselas-- Vaya, gracias –me dijo mirándome a los ojos y poniendo la mejor de sus sonrisas-- Me pides un café –dije con una sonrisa de estúpida mientras seguía tragando el exceso de saliva y apretaba las piernas...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)