martes, 17 de marzo de 2009

¿Mal de alturas...?

El vuelo no esperaba a nadie, y con el cielo cubierto no había manera de encontrar un taxi. Media hora larga esperando y tampoco aparecía el bus. Sí, los taxis pasaban, pero iban todos ocupados, estaba empezando a ponerme nerviosa, y no paraba de mirar mi reloj. Comida por los nervios decidí ir en metro al aeropuerto; no estaba acostumbrada a cogerlo en hora punta pero, o cogía el metro o perdía el vuelo a París.El anden estaba abarrotado, era terrible e insoportable el fuerte olor a humanidad que expelían los cuerpos hacinados uno al lado del otro, sin apenas espacio para respirar. Por un instante dude, entre darme la vuelta o tomar el metro, aunque si dejaba pasar el primero, quizás con el segundo me daba tiempo. Pero no, este llegaba en cinco minutos y el siguiente tardaría veinte, así que la decisión no dejaba dudas.Cerré los ojos y me dejé llevar por la multitud, apenas podía dirigir mis piernas, puesto que era literalmente arrastrada hacia la puerta del vagón. El olor a sudor se hacía más patente, y el mes de agosto dejaba su huella en las camisas y blusas de los que íbamos a tomar el metro. Un pitido insistente me advirtió que el tren se ponía en marcha, pero estaba tan estrujada que a penas podía respirar, mi maleta obligaba a la gente a colocarse en torno a ella, y así pude hacerme con un mínimo espacio vital. De pronto el tren se detiene, salen y entran viajeros, pero a penas se notaba la diferencia, sin embargo alguien se había colocado detrás de mí muy pegado; podía sentir en mis nalgas como su carne se unía a la mía, haciendo de nuestros cuerpos un bocadillo. No podía saber si me daba la espalda o me miraba, o si era chico o chica la que estaba pegada a mi, pero mis dudas pronto dejaron de serlo, puesto que sentí como algo iba tomando consistencia tras de mi, algo alargado y duro que por curiosidad de saber hasta donde podía crecer, me resistí dejar de sentir. Con malicia comencé a menearme hacia los lados haciendo más exagerado el traqueteo del vagón, y sin quererlo noté como se me erizaba el vello, se humedecía mi sexo y comenzaba mi boca a salivar. Un pequeño suspiro se me escapó al sentir como ese objeto se apegaba más y más contra mi, el rubor llegó a mis mejillas al darme cuenta de las puntas que se marcaban en mi blusa, pero no tardé mucho en volver a concentrarme en ese maravilloso tacto y seguí con el movimiento, con disimulo puse mi chaqueta delante de mí agarrando el asa de la maleta y con mi otra mano comencé a tocarme, no sé cuanto tiempo estuve pero mis movimientos se hicieron cada vez menos disimulados, hasta que ayyy, me mordí el labio y sonreí. Estaba tan abarrotado el metro que nadie se habría percatado, nadie excepto el poseedor de esa herramienta que me había llevado al clímax, no deseaba mirarle a la cara, estaba bien así, prefería imaginármelo algo, guapo y vigoroso, por eso prefería no volverme y romper el hechizo del momento.- Merche, chica –dijo Janto tocando mi hombro-- ¿Qué pasa? –pregunte algo confusa-- Estamos llegando a París, te has dormido y hacías ruiditos extraños, temí que te pasaba algo –dijo Janto preocupado-- No pasaba nada, uhmmmm, que bien me ha sentado el sueñecito –dije mientras me estiraba, recordando mi alucinante sueño, y notando mi boca llena de saliva y mi sexo todavía húmedo-- Pues yo no encuentro la funda de mis gafas, no sé donde he podido ponerla –dijo Janto mirando hacia todas partes y hacia ninguna en concreto-Algo me hizo abrir los ojos sobre manera, todavía sentía en mi trasero el tacto duro que tanto placer me había provocado, metí la mano y "est voici".- Toma, la funda de tus gafas te las guardé yo –dije con una sonrisa picara, casi resistiéndome a entregárselas-- Vaya, gracias –me dijo mirándome a los ojos y poniendo la mejor de sus sonrisas-- Me pides un café –dije con una sonrisa de estúpida mientras seguía tragando el exceso de saliva y apretaba las piernas...

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